Lux de Rosalía: ninguna mujer quiso nunca ser Dios



"Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo." 

"El Aleph", J. L. Borges

Dante, el gran héroe del Renacimiento, el-Hombre-en-el-centro, es guiado por el poeta romano Virgilio a través del Infierno y del Purgatorio. Pero este le abandona su mano en la entrada del Paraíso; el guía por ser profano tiene prohibida la entrada. A partir de allí al italiano lo conducirá su amada y esperada Beatriz, donde en la misma tónica de fan que mantiene en todos los cielos conocerá a los personajes de la Biblia. Un clásico no tiene spoilers: en el último canto-el XXXIII del Paraíso- Dante ve a Dios. Ve la luz más suprema conocida que le parte los ojos como un rayo hasta que lo hace doler, le entumece los músculos oculares. Ve el número tres partido en colores, continentes, figuras geométricas, se le nubla su vista y ve la nebulosa antes de imaginarla y comprobarla. Pide que su lengua siga funcionando para seguir contando, para contar y contar y que todo el mundo sepa. Que su poesía acerque a la gente a la luz. 

Claramente Dante Alighieri era un religioso (entre otras cosas), pero su hazaña poética es la de mostrar en esos versos que el arte puede reunir todos los puntos del universo en un solo átomo, en una sola letra (como de alguna manera hizo quien sea que haya escrito la Biblia, y además, dicen los especialistas que fue una escritura colectiva que duró años). Por eso, siglos más tarde, el escritor argentino, Jorge Luis Borges, un gran admirador suyo, lo homenajea con el cuento "El Aleph" (además de hablar del poeta florentino en varios ensayos), en alusión a la primera letra del alfabeto hebreo. -Un dato es que la Torá empieza no con la letra Aleph, sino con la letra Bet, la segunda del alfabeto que tiene forma de corchete y, según los interpretadores bíblicos, esto significaba que había un mundo anterior, primero, que no podía conocerse- Todos los puntos del universo implican también los que no se pueden ver. Aunque en la Biblia habían profetas en el poema del Trecento se pueden ver los gestos renacentistas: además de rescatar a los poetas y filósofos profanos y mezclarlos con el cristianismo (Aristóteles, Platón, Sócrates, los virtuosos no bautizados que tienen un lugar privilegiado en el Infierno), el poeta como traductor de la luz tiene un papel central, que por momentos desplaza al elemento divino. Dante, de alguna manera, empieza a dar cuenta del artificio de la literatura del cual Dios es su criatura. 

Rosalía, la profeta femenina 

Esta vez, la que vio la luz y su visión ocupó todo el universo y quiere acercarlo al público traduciéndola es Rosalía. Lux es el cuarto álbum en una serie de verdaderas masterpieces del siglo XXI como son Los Ángeles, El mal querer y Motomami que lo anteceden. Aunque en su disco anterior ella decía "leo pentagramas pero no los escribo", acá decidió hacerlo y pasar del minimalismo de las motos a la suspensión litúrgica para reforzar su mensaje ya recurrente: que el arte es una fuerza arrolladora a la vez efímera y a la vez trascendental. Poder distinguir esta pretención artística tiene valor, empezando porque para escuchar el nuevo disco de la cantaora catalana no hace falta creer en Dios. En su obra, arte y Dios son sinónimos, como ya había dicho en CuuuuuuuuuuuuUUUUUUUUte, "el mejor artista es Dios". 

Lux es un disco de 18 canciones (solo 15 de ellas publicadas en formato digital) que se dividen en cuatro movimientos, como las sinfonías. Recorre todo el álbum el concepto de todos los puntos del universo en un mismo lugar: reúne 13 idiomas, a la Orquesta Sinfónica de Londres, los pads más novedosos, coros, muy diversos artistas como Björk, Yves Tumor, Sílvia Pérez Cruz, Carminho, Estrella Morente y Yahritza. Superpone esquemas instrumentales pasando de la madera analógica hasta los sonidos electrónicos del pop. Superpone, como ya es una línea argumental de toda su discografía, varios géneros, en este caso desde pasajes que parecen sacados de Vivaldi, hasta pop y balada que todo por supuesto confluye en una misa arábiga que muestra la gran amplitud de posibilidades contenidas dentro de su néctar, el flamenco. Como dijo en una entrevista con Elle México "quería meter todo el universo en este disco".



Este género gitano, de alguna manera es para el cuarto disco de Rosalía como Virgilio para Dante: un cimiento profano. Esa profandad es la que corre del medio a la divinidad. De hecho, la primera canción "Sexo, violencia y llantas" que comienza con una introducción de piano, que podría ser una construcción dialógica entre Schubert, Mike Oldfield y la escala frigia, pone de manifiesto dos mundos:

            "En el primero

            Sexo, violencia y llantas

            Deportes de sangre, monedas en gargantas

            En el segundo

            Destellos, palomas y santas

            La gracia y el fruto y el beso de la balanza"

En las inscripciones del disco se leen dos frases: "Ninguna mujer quiso nunca ser dios" de Rabia al Adawiyya "El amor no es consuelo, es luz", de Simone Weil. Estos conceptos se sostienen durante todo el álbum pero también son contrariados. La primera en la canción "Dios es un stalker" se pone todo el tiempo como hablando desde ese lugar. En la segunda, es llamativo que las voces masculinas que aparecen en el disco todo el tiempo están rezando una súplica agresiva: "fear", "scared", "I'll fuck you till you love me". Es el ruego impotente contra el talento todopoderoso de la artista, la-Mujer-en-el-centro, la Rosalía. La canción "Mio Cristo piange diamanti" es un instante de éxtasis en el que también está diciendo: mirá mis agudos, qué capa que soy. Este tema en italiano, termina por lo bajo con la frase en inglés "That's gonna be the energy, and then" para continuarse repentinamente con el sencillo que sacó como prelanzamiento, "Berghain" que suma Björk con destellos de la infernal "Cármina Burana". Esta trascendencia artística de la que está teñida el disco también muestra lo efímero cuando marca que da su corazón pero solo por un momento como en "Réquiem". De alguna manera, "ninguna mujer quiso nunca ser Dios" porque no necesitó medirse con él. 

                                                (Entre Tinieblas, de Pedro Almodóvar)

Son trascendentes porque seguimos hablando de ellas pero también son justamente seres humanas y mueren. Como el entierro y la resurrección, la última canción de Lux, "Magnolia", invita a bailar y tirar flores sobre su ataúd. Es imposible no pensar en un espejo con el último tema de Motomami, dedicado también a una flor. "Sakura" que además pone de manifiesto su destreza vocal, afirma que "ser una popstar nunca te dura", cuando ya amagaba sobre la cuestión de aceptar el autorreconocerse efímera.

Las popstars persiguen su propio Renacimiento, su la-Mujer-en-el-centro. Hace pocos años Beyoncé le puso literalmente ese nombre a un álbum suyo. Este factor como las monjas sin Dios de Almodóvar cuyas vírgenes son las actrices chic es la figura de mujer icónica que desplaza a Dios. Es María que es también la actriz trágica. Se puede incluso apreciar la belleza de esta obra musical siendo ateo o atea, porque es la búsqueda de un lengaje común o la unidad de las lenguas. Una reconstrucción de la torre de Babel que no se destruye ni por ira de nadie ni se erige por consuelo.

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