Alienación y dosis de felicidad en El descontento de Beatriz Serrano
Cuando era chica en el horario de la noche, mi mamá después de trabajar en el estudio y de trabajar haciéndonos la comida a mis hermanos, a mi papá y a mí exigía su momento de paz. Este implicaba el ritual de ponerse un camisón y sentarse frente a la TV: agarraba el control remoto al que llamaba "control de la situación" porque quien lo tenía decidía qué se veía -una disputa entre mi madre y nosotros sus hijos que queríamos ver dibujitos animados. Mi papá se ubicaba fuera de la discusión porque no veía televisión; le decía a este objeto "el sorete", tipo "apaguen el sorete"-. A esa hora mi mamá ponía Showmatch o alguna novela de Polka. Yo la acompañaba y aprehendía la sensualidad genérica del desnudo de vidriera de esas modelos, bailarinas y mediáticas y también aprendía qué era el amor a través de esas novelas románticas (aunque Crismo hizo su trabajo), pero al mismo tiempo algo me repugnaba de esos programas: la cortada de polleras de Tinelli o el amor tautológico (te amo porque te amo) a los gritos de las novelas.
Mi mamá dice que papá es el intelectual porque de novios la llevaba al cine a ver las películas de culto del momento pero que ella después de tanto laburar todo el día necesitaba "ver una boludés". Ese era su argumento irrefutable y respetable: merecía poder llenar una laguna de ocio con la sustancia de la frivolidad. Y por eso prendía la tele para poder apagar la tele mental al menos por un rato.
Pienso en esto cuando no me da la cabeza para nada más y me paso el rato mirando videos sobre cualquier cosa. Gente probando comida en algún restaurante al que jamás voy a ir, realities shows de parejas heterosexuales y hegemónicas que alcanzan como límite máximo las formas más primitivas del amor, algún sketch que me gustó y repito una y otra vez más, o una serie que es la única que me gustó y repito y repito entre otros contenidos. Algo que hace la gente que mira reels y TikToks pero yo prefiero la computadora. Cuando paso un rato largo me invade un sentimiento de culpa. ¿No debería tener un ocio más productivo como hacer las cosas pendientes incluso las que tengo pendientes para mí? Otro sentimiento es el de sentir que cuando miro videos también produzco para el sistema al regalarle datos de mis preferencias al algoritmo, educándolo para que me muestre siempre lo que me interesa.
Este recuerdo me trajo El descontento de Beatriz Serrano, novela que leí sin parar por la profunda confraternización que me generó. La protagonista Marisa estudió Historia del Arte y es creativa publicitaria. "Creative strategist", dice criticamente que es el título de su puesto porque las empresas creen que en inglés suena más profesional o más cosmopolita. El libro recorre sus días en el verano del hemisferio norte (agosto) yendo de la oficina a cumplir un papel de frases hechas y sonrisas en reuniones hasta su casa; de los ansiolíticos a las maratones de videos de Youtube sobre cualquiercosa que la hacen quedar dormida. A menudo sobre esos videos comenta "me interesan todos". En la escritura se denota la resaca del tiempo muerto.
La publicidad funciona en la novela como contracara de felicidad. Me hace acordar a Mad men. Algo que ya se puede ver desde los inicios de la serie y que se mantiene durante todas las temporadas es la noción que tiene el protagonista, Donald Drapper, sobre qué es la publicidad. "Happiness", se autoresponde en el primer capítulo. Es la creación de aspiraciones sobre cuál es la felicidad a la que se debería apuntar: el aroma de un auto nuevo, una fragancia indiscutiblemente seductora, la juventud eterna que dan las cremas. A pesar de sus afirmaciones, el personaje interpretado por Joe Hamm elige continuamente ir de punta a punta entre el sueño americano y la decadencia de ese proyecto priorizando siempre la soledad y la huída. Don Drapper a pesar de pocos momentos es, sencillamente, un infeliz aunque posea todo aquello que pretende ser deseable en sus publicidades.
Otra pieza de arte donde una puede pensar en la publicidad es en el escrito de Andy Warhol, Mi filosofía de la A a la Z, donde el narrador dice en el capítulo "El poder de la ropa interior" que cada persona se define por su manera de elegir lo que compra. En el libro los personajes llevan nombres que son letras (como A o B) o sea que podrían ser cualquiera. El amigo del narrador compra unos calzoncillos exactamente iguales a unos que ya tiene. La gran moraleja del arte warholiano con sus lataa Campbell y Mao y Marylin repetidos y a todo color, es la de una producción serializada con los métodos del trabajo artístico (un tiempo propio, elección personal de los materiales, criterio subjetivo en las decisiones de la obra). Por eso escapa a la lógica de la mercancía y podemos verlos en un museo, aunque desde ya también sus obras lo son.
En la novela de Beatriz Serrano, la protagonista es consciente que las aspiraciones que crea con su trabajo son de una trivialidad llevada al paroxismo y pone de manifiesto la alienación a la que traslada al gran público, a sus compañeros de trabajo y a ella misma.
También la narradora expresa que consideraba a la publicidad un trabajo transicional, algo que duraría un tiempo antes de encontrar otra cosa relacionada a lo que ella estudió. Y recuerdo cuando trabajé en publicidad y me sentía Peggy Olson o en periodismo y pensé que había llegado a un punto máximo de mi profesionalidad: trabajar escribiendo. Pero en tiempos donde la opinión de ChatGPT es más importante que la nuestra para el criterio comunicacional del mercado, la creatividad empieza a caminar por un abismo.
En los párrafos de la novela donde se mata al tiempo libre -y al no libre también- no hay subtítulos de lo que puedan significar estas situaciones cotidianas. Hay subrayado. En el pliegue oscuro de un vidrio rugoso al que le da el sol se puede condensar la reflexión de una situación incómoda. Incomodar también es cambiar un objeto de lugar, como poner videos de Youtube de gente cayéndose en la prosa de una novela. El mérito de El descontento es encontrar literatura donde no la hay.

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