Inventar un nuevo lenguaje cuando el futuro es todo un palo


Los Redondos fueron mi segunda herencia. La primera fueron Sui, Serú, Charly, Almendra, Queen o Los Beatles por mis papás (sobre todo mi mamá). Los domingos se teñían de los sonidos de sus long-plays. La segunda fue cuando mi hermano mayor terminó la secundaria y dejó su remera de los stones, su flequillo, su campera de corderoy y su collar de telita arrancada para ser parte de otra religión. Tuvo que renunciar a sus pecados anteriores y me los quedé yo. Así es que, desde primer año, cuando volvía de la escuela  agarraba uno de sus casettes o CDs, lo ponía en la compactera y miraba al techo y así pasaban las horas... no había reels, tiktoks ni otras distracciones más que la música y yo. De la mano de esos objetos de segunda mano había encontrado un lenguaje que no era el de las viejas generaciones familiares, sino uno que era nuevo para mí y tenía que descifrar. 

Así descubrí qué era un acorde; cómo sonaba cada instrumento, por qué una banda es una comunidad y formé en esos años mis primeras bandas de rack. Ahí empecé a tocar el bajo y después la guitarra con la que aprendí la mitad de las canciones de Los Redondos. En parte también es una banda que te lleva a encontrar naturalmente las notas en los instrumentos para ser parte de un fogón cálido y árido a la vez. "Preso en mi ciudad" fue uno de los primeros temas que toqué. Distinguí los pedales y ese eco, mi favorito, que es el sonido de los ochenta. Me tocó escucharlos en la época del rock post-cromañón, entre las ruinas del rock barrial y las nacientes camisas floreadas en las que ambas generaciones decidían hablar de amor y, como mucho, modos existenciales porque sobre todo lo demás querían convencernos de que estaba explicado. En ese momento decidí aferrarme a la rebeldía de lo que ya era un clásico. 

El Indio era un poeta extravagante dotado de un gongorismo platense que no perdió la oportunidad de prestarse al chiste capusottesco rápidamente por su verborragia. De ahí nacían las "baterías de risas rubias de barrio especial", la "Bestia pop" o la "Divina TV-Führer", un "Criminal mambo" y las "tipas porno-nazi look". Las palabras compuestas creaban personajes acartonados que eran lunfardos: vagos, polizones y boluditos que reían jaja y jijii. Construía señalizaciones como figuras sin nombres. Por eso, la leyenda existe cuando se cuenta con dudas: es así que en los campamentos de mi infancia, bajo la oscuridad e iluminándonos la cara con una linterna contábamos el cuento de terror de "Jijiji" que no sé si es el mismo que cuentan todos. Esos argumentos literarios eran narrados desde la ironía del herido y del malhechor. El relato aparecía sobre los riffs de Skay: etéreos, simples y claros para que todos entiendan. Sobre esa precisión se posaban las palabras neobarrosas del Indio y se convertían en un nuevo lenguaje. El idioma de los argentinos tarareaba los solos de guitarra, transformándose en un pogo único en el mundo. Ese movimiento amplificaba la comunidad que construía Patricio Rey. 



La tenacidad de sus metáforas incluía imágenes cotidianas con un halo de sentencia en medio de la distorsión. Era la "Nueva Roma que te cura o te mata". Así seguramente se sentían las primeras decepciones de la democracia de la derrota que empalmó con la necesidad de sentirse parte de algo grande después de años oscuros. Vislumbraban el edificio social que se desmoronaba en medio de la modernización, por eso había que parar cuando esto estaba muy "Shangai". Por eso la misa y la comunidad generaba la idea de la supervivencia en grupo ante ese mundo atomizante. 

Los Redondos respondieron a la tradición previa inventando otra paralela. Si Spinetta cantaba que "Mañana es mejor", el Indio decía que el futuro ya llegó y que es todo un palo. Por eso decían que iban en trenes y no tenían dónde ir cuando Charly no iba en tren porque iba en avión. La pica con otros artistas como Soda incluía el hecho de que mientras la música argentina se empezaba a abrir en esas décadas al comercio internacional, Patricio Rey era algo que solo existía acá. Parecía no tomar nada de afuera ni existir afuera. 

En Los Redonditos de Ricota, el Indio era imprescindible por sus letras y su falsete. Ver que los recitales de Los fundamentalistas tenían una especie de holograma del Indio, un fantasma que sobrevolaba, me parecía innecesario y a la vez mostraba algo: esa comunidad que era la banda y el movimiento sobrevivía al ídolo. De esa manera también mostró, como diría Fabián Casas, que todos tenemos derecho a ser prescindibles. 

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